Miguel Hernández Funcionario de la Tesorería Territorial en excedencia. Funcionario de la Comunidad Áutónoma. Jefe de Área del SEF.

UN DÍA EN LOS ENCIERROS DE CALASPARRA
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06.09.17 - MIGUEL HERNÁNDEZ
Una oportunidad única para disfrutar de Cartagena en agosto 

 

Dura apenas unos dos minutos, pero detrás de cada encierro hay horas de trabajo, reuniones y planificación, pero de nada serviría todo esto si no fuera por los voluntarios, que en Calasparra los hay y muy buenos.

Funcionan como una maquinaria de reloj, cada uno sabe cuál es su cometido, no hace falta recordarles absolutamente nada, y cada día montan y desmontan el recorrido del encierro sin apenas hacer ruido, forman ya parte de la cotidianidad del paisajes, solo sus polos verdes les delatan de que forman parte de este engranaje preparado meses atrás desde la concejalía de festejos. Sin los voluntarios difícilmente un evento así podría existir.

Cada situación en cada esquina es controlada, y la coordinación entre voluntarios, ayuntamiento, policía local, guardia civil y organización es absoluta.


Sobre las nueve de la mañana ya comienza a sentirse la tensión del encierro, los encargados de poner en medio de las calles de la ciudad a los novillos, aunque algunos no tienen nada que envidar a un toro, están colocados estratégicamente en su lugar, cerca de cincuenta personas se conectan con sus miradas y sus gestos, no necesitan ningún sistema de comunicación digital para saber que está todo controlado.

A las nueve y cuarto una pequeña comitiva acompaña a una réplica de la Virgen, de su Virgen, hasta el inicio del recorrido, y al igual que en Pamplona, se encomiendan tanto a San Senén, San Abdón y a la Virgencica, cantando también tres veces:

A San Senén pedimos,
También a San Abdón,
Nos guíe en el encierro
Dándonos su bendición.
También la Virgencica
Nos tiene que ayudar,
Porque los mozos llevan
Unas copicas de más.
Víva San Abdón
Víva San Senén
Y la Virgencica también,
responden los asistentes a los ‘Vivas’ que Samuel grita y siente.

La cara de preocupación en Eulalio comienza a sentirse, él es la persona encargada desde que se restituyeron los encierros en 1999 de encender la mecha del cohete que da el pistoletazo de salida al encierro. Antes, un puñado de voluntarios entra en los corrales para organizar la salida. A pesar de su aparente tranquilidad, saben que en cuestión de minutos el peligro recorrerá su pueblo de lado a lado.

Se santigua, enciende la mecha y la suerte está echada, sin mediar mirada, baja corriendo para salir detrás de la manada y comprobar que todo ha ido bien. El resto se queda mirando un viejo y sucio televisor donde la televisión local hace el seguimiento absoluto del recorrido, analizan hasta el más mínimo gesto de los novillos, y avisan, hay uno que no me gusta.

Otra vez un par de heridos, uno sin apenas consecuencia de un chaval de Guadix, y otro más grave, una cornada de treinta centímetros que están operando en el quirófano de la plaza de toros el doctor Robles.

Cuando llegamos al quirófano el cirujano ya está cerrando cornada, la ambulancia espera fuera para llevarlo a un hospital, al conocer que el alcance no es muy grave, la tensión va diluyéndose en forma de bromas, solo la novia de este joven calasparreño, implicado en la organización hasta la médula, nos recuerda que en un encierro la vida y la muerte andan de la mano peligrosamente.

Fuera, en la plaza, cientos de jóvenes esperan que las primeras vaquillas salgan para mostrar sus dotes frente a estos animales. El peligro, aunque menor continúa, y por lo tanto la tensión sigue.

La organización mira por si hay menores dentro, localizan a uno pero entre la gente se pierde, saben que tienen que ser muy claros con las normas.
Pero todo encierro tiene siempre un final gastronómico. Y es que las más de treinta peñas que hay en Calasparra disfrutan estos días de sus almuerzos, comidas, meriendas y cenas como si no hubiera un mañana, por eso se abren de par en par ante los turistas y visitantes.

Termino el encierro en la Peña Sol y Sombra, la más antigua me dicen, junto a la plaza de toros, decido poner fin a mi jornada, de lo contrario me tendría que quedar allí a pasar la noche, y tampoco es cuestión de abusar.

Mañana otra vez el reloj tiene que poner en marcha, sonarán las nueve de la mañana, y un puñado de voluntarios están citados junto a Ginés, que llevará un día más  entre sus manos a  su Virgencica para llevarla desde la puerta de la Plaza de Toros hasta el principio del recorrido para volverle a cantar: A San Senén pedimos.........